Transitional government ≠ Democratic government

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La democracia es el FIN de la transición, no el MEDIO. 

 

Venezuela lleva varios años atrapada en una discusión conceptual que puede ser perjudicial a la luz de los eventos que comenzaron a desarrollarse el 3 de enero de 2026, y no es otra que la discusión de la transición democrática. Por un lado, este tópico tan manido de la ciencia política moderna más bien se suele analizar ex post en los manuales sobre el tema y es muy difícil de dilucidar mientras se desarrolla. De hecho, pretender hacerlo, genera expectativas irreales en la población y precisamente, por ser una categoría tan ambigua, puede obstaculizar los pasos previos que se necesitan para que una democracia funcional pueda emerger efectivamente. Las siguientes líneas pretenden ser un aporte en el tema. 

En la mayoría de los casos, la transición no es la democracia

 

Para comenzar, afinemos el concepto: una transición política es un período excepcional que tiene por objetivo crear las condiciones para que un nuevo mando suceda a un mando existente. Podemos aplicarlo a la política, pero también puede trasladarse a cualquier otro tipo de organización humana. 

En la discusión venezolana suele asumirse que transición y democracia son sinónimos, también que política y democracia son lo mismo aunque eso es otro tema. Históricamente, transición y democracia no son equivalentes. En la mayoría de los casos, las transiciones han sido etapas híbridas donde conviven elementos del régimen saliente y el emergente. De manera que, un gobierno democráticamente electo sería lo que viene DESPUÉS de una transición si el resultado de ésta es exitoso, pero no es el mecanismo mediante el cual la transición se desarrolla. 

Históricamente, ha habido varias fórmulas que se han adoptado para las transiciones políticas como la junta, el triunvirato, la presidencia provisional de consenso, el gobierno de unidad nacional, etc. De hecho, en el caso particular de Venezuela, hemos tenido por lo menos tres fórmulas en nuestro siglo XX: 1) 1945, con la Junta Revolucionaria de Gobierno, una suerte de gobierno colegiado entre AD y la oficialidad joven de las Fuerzas Armadas. 2) En 1958, por la Junta de Gobierno presidida por Wolfgang Larrazábal y 3) En 1993, con la designación por parte del Congreso del Dr. Ramón J. Velásquez como presidente provisional para completar el período presidencial tras la destitución de Carlos Andrés Pérez[1]. Todas estas fórmulas excepcionales ad hoc que tuvieron por objetivo preservar la continuidad del Estado y preparar el camino para un nuevo mando político que surgiría de una elección posterior.

¿A qué se debe entonces la confusión? Principalmente a tres razones que señalaremos a continuación:

 

  1. Una razón de orden casuístico: las transiciones electorales de la posguerra fría o también llamada tercera oleada democrática. Entre la década de los ochenta e inicios de los dos mil en la región latinoamericana, debido al contexto mundial del fin de la guerra fría (un período muy acotado que demostró no ser eterno ni mucho menos “el fin de la historia”), se dieron varios casos donde a través de unas elecciones se logró un cambio de régimen autoritario por otro democrático. Los tres casos emblemáticos son Chile en 1989, Nicaragua en 1990 y México en el 2000. El problema es que en estos tres casos los gobiernos salientes entregaron voluntariamente el poder, el cual no es el caso de Venezuela. De hecho, si las elecciones bastaran por sí solas para sacar a un régimen autoritario del poder, lo habríamos logrado el 28 de julio de 2024 y no habríamos necesitado un 3 de enero de 2026. Una transición por vía electoral implica que tanto los actores del gobierno como del Estado acatan la regla mayoritaria y entregan el poder. Ya sabemos de sobra que el chavismo no opera bajo esos supuestos y eso es lo que también saben los Estados Unidos. Por eso, hacer otra elección en el vacío sin tener control ni certeza de que tanto el gobierno y el Estado venezolano acatarán el resultado es repetir el 28J por segunda vez.

     

  2. Una razón de orden concreto o material: la situación en la que nos puso el propio Estados Unidos el 3E. Tras la operación Absolute Resolve, la Casa Blanca optó por una suerte de “transición blanda o gradual”, que preservó la estructura del chavismo remanente, en lugar de apostar por la tesis del “cambio de régimen”. Independientemente de la valoración moral que cada quien haga de esa decisión, lo cierto es que de ella se desprende que los americanos tienen como prioridad preservar la continuidad del Estado, normalizar la política y crear las condiciones para una eventual apertura democrática. Es decir, Estados Unidos nos puso en el escenario de una transición pactada o negociada con el chavismo en donde ningún sector elimina totalmente al otro. Un escenario que la oposición venezolana se ha tardado cinco meses finalmente en aceptar, pero que estuvo muy claro desde las primeras horas de ese día. El famoso plan de tres fases de estabilización, recuperación/reconciliación y transición, apunta precisamente en esa dirección. Tomemos en cuenta que en las tres fases no está la palabra democratización, así que es probable que la transición no incluya una expresión democrática plena en el corto plazo, sino que sería una etapa en donde se construyen las bases para que una democracia sea viable posteriormente. Si bien el mismo Secretario de Estado ha afirmado en varias oportunidades que el objetivo final es lograr una elección democrática, no podemos descartar del todo la tesis de la transición como un gobierno pactado y no como un gobierno electo democráticamente.

     

  3. Una razón de orden teórico: la confusión entre Estado y gobierno. Es probable que la confusión entre transición y democracia sea impulsada por todo tipo de intereses partidistas de corto plazo ante la necesidad de la oposición de medir sus liderazgos luego de décadas de libertades políticas confiscadas, pero también es el resultado de la poca comprensión de la idea de Estado en Venezuela. La mayoría de las personas en Venezuela piensan el poder exclusivamente desde la perspectiva del gobierno: quién manda, quién gana una elección, quién ocupa los ministerios, etc. Sin embargo, el Estado es una realidad más permanente y tiene que ver con el conjunto de instituciones que le dan continuidad al poder político y que trasciende los gobiernos de turno. Y como el chavismo en estos 27 años lo que hizo fue politizar al Estado venezolano a través del gobierno, la fórmula de la transición pactada lo que busca es garantizar la continuidad del Estado para evitar un colapso que lleve a la desintegración social. Por eso, la “transición” no puede reducirse a una simple sustitución de gobernantes y cargos que no sabemos si va a ser aceptada por quienes tienen el poder ahora mismo y que tampoco sabemos si va a durar siquiera en el mediano plazo cuando termine el período de Donald Trump y, por ende, el “tutelaje estadounidense”. De allí que, tanto los Estados Unidos como los inversionistas, necesiten acuerdos de Estado de largo plazo. 

Así que quienes esperan una democracia inmediata, muy probablemente quedarán decepcionados. Quienes entiendan la naturaleza de una transición política estarán mejor preparados para lo que viene en los próximos meses. 

 

 

 

 

[1] Con este ejemplo, lo que estamos tomando en cuenta es la figura “formal” de la presidencia provisional de consenso, porque la fórmula se aplica en medio de una crisis política de un gobierno democrático, y no entra totalmente en el contexto que estamos describiendo.

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