Ideological misguidance in the region

Ideological misguidance in the region
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Directora del área de Estudios Latinoamericanos de la Fundación Libertad y Desarrollo. Es licenciada en Historia egresada de la Universidad Central de Venezuela.
29 Feb 2024

La polarización extrema, alimentada por agendas culturales, desvía la atención de problemas más apremiantes

 

El pasado sábado 24 de febrero, dos reuniones opuestas en ideología pero conectadas en su naturaleza, se llevaron a cabo en cada extremo del Atlántico. Mientras en la ciudad de Washington, Estados Unidos, la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) congregaba a una amalgama de líderes del nuevo y el viejo continente, en Madrid, el Consejo de la Internacional Socialista, cooptado por Pedro Sánchez, no dejaba títere con cabeza.

En la CPAC, figuras como Nayib Bukele, Javier Milei, Santiago Abascal y Donald Trump, entre otros, se alinearon en una suerte de frente anti-globalización, anti-comunista y pro-vida. Aunque en cada discurso que profirieron, las diferencias en temas económicos y de política exterior eran más que evidentes, la llamada “batalla cultural” marcaba el terreno común. Bukele se erigía como el nuevo mesías tropical y daba lecciones de moral a los Estados Unidos, Milei ofrecía una clase de teoría económica de hace cien años, Abascal apelaba a su discurso “antiglobalista” en pro de los valores tradicionales para salvar Occidente y Trump, en su estilo característico, se autodenominó como “orgulloso disidente político” comparándose con Aléksei Navalny.

Mientras tanto, en el Consejo de la Internacional Socialista, presidido por Pedro Sánchez, se evidenciaba un reacomodo político que ha sido visto por muchos como un sacudón que terminó de consolidar la hegemonía de Sánchez en ese órgano, ya que después de remover a quienes no eran de su gusto, terminó nombrando a dedo a peones y alfiles leales a él. En el caso de los socialistas, la agenda cultural tampoco estuvo ajena, ya que Sánchez promovió abiertamente la creación de una fundación de la Internacional que promocione “los valores y principios socialistas y socialdemócratas en el mundo”. Además, sorprendió la expulsión de Voluntad Popular, un partido opositor de Venezuela, junto con el partido perdedor en las elecciones presidenciales en Guatemala, la Unidad Nacional de la Esperanza, bajo el pretexto de “cambios ideológicos”, lo cual resonaba más bien como una maniobra política de Sánchez para congraciarse con la dictadura de Nicolás Maduro en Caracas, más que como una decisión legítima. De alguna forma, el saldo que dejó esta reunión ha sido el de la consolidación del feudo personal de Sanchez más que la modernización de un organismo con fines democráticos.

Tanto en la CPAC como en la Internacional Socialista, brilló por su ausencia el compromiso con los Derechos Humanos, una doctrina cada vez más denostada en el mundo actual, pues se la percibe especialmente como un obstáculo al ejercicio de la soberanía. Pareciera que realmente lo que hay detrás del rechazo a los Derechos Humanos, es la intención ulterior de poder hacer lo que se quiera eventualmente con el enemigo político sin que haya ningún tipo de consecuencia. No es de extrañar entonces esta tendencia regional hacia los radicalismos ideológicos, que termina socavando los pilares de la convivencia y la tolerancia mínima democrática. La polarización y el relativismo son el terreno más fértil para pulverizar valores universales como la justicia y la libertad.

Ambos eventos reflejan una deriva ideológica peligrosa para la región. La polarización extrema, alimentada por agendas culturales, desvía la atención de problemas más apremiantes como la falta de crecimiento económico, el deterioro del clima de negocios en la región, falta de acceso a servicios públicos, el rezago educativo post-pandemia cuya brecha aún no se ha podido cerrar, la crisis de migración ilegal y la proliferación del narcotráfico y el crimen organizado. Estos flagelos siguen sin solución, mientras los líderes políticos se sumergen en disputas ideológicas bizantinas que, a su vez, generan más inestabilidad.

La región necesita urgentemente un retorno al sentido común, a los consensos mínimos y a la búsqueda de soluciones prácticas y concretas para sus desafíos. La polarización actual debilita nuestra capacidad para abordar problemas colectivos urgentes.