¿Eficiencia o libertad?

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Las democracias liberales pueden parecer ineficientes en el corto plazo, pero son las que mejor protegen los derechos y el bienestar

 

 

En los últimos 40 años, el mundo ha visto el surgimiento de China como una superpotencia económica, política y militar, que ya superó a Europa y está desafiando la hegemonía de Estados Unidos en el tema comercial y tecnológico.

 

El mundo está fascinado con la eficiencia que parece mostrar China, con la construcción de infraestructura imponente que rivaliza e incluso supera la de los países occidentales. Los autos eléctricos chinos se están popularizando, lo que los podría convertir en los mayores productores de vehículos en las próximas décadas. 

 

En América Latina, el modelo de El Salvador levanta admiración y muchos proyectos políticos en la región quieren imitar al presidente de ese país. No se puede negar que logró resolver el principal problema que agobiaba a la sociedad salvadoreña, lo que le brinda altos niveles de popularidad.

 

Por el contrario, cuando se voltea la mirada a los países occidentales, parecen paralizados en fuertes e interminables disputas internas, retrasando la implementación de proyectos vitales para impulsar su crecimiento económico, solucionar problemas de salud o de educación, así como temas de seguridad.

 

Ante esta dicotomía, muchas personas prefieren la eficiencia de las dictaduras a la parálisis de las democracias. Lo que estas personas no ven son los costos que tiene la “eficiencia” de las dictaduras.

 

En primer lugar, los proyectos se realizan rápido porque no hay nadie que los cuestione y los fiscalice. El dictador es capaz de asesinar, encarcelar o provocar el exilio de cualquiera que lo contradiga. De hecho, en esas dictaduras se da un enorme derroche de dinero, corrupción generalizada y proyectos fracasados, pero nunca salen a la luz porque ya no hay oposición. No existe libertad de opinión.

 

En segundo lugar, la vida y la propiedad son muy frágiles en las dictaduras. Solo basta caerle mal al dictador o a alguien de su círculo cercano para que las personas pierdan su vida, propiedad o libertad. Los ciudadanos se convierten en esclavos del dictador. 

 

Por último, los dictadores eventualmente decaen y, con ello, sus niveles de popularidad. Cuando llega ese momento, son más violentos, con tal de no dejar el poder. Es cuando las sociedades despiertan después de un largo sueño.

 

Las democracias liberales pueden parecer ineficientes en el corto plazo, pero son las que mejor protegen los derechos y el bienestar de los ciudadanos en el largo plazo. Estados Unidos lleva 250 años dando prosperidad a sus ciudadanos, dentro de una democracia liberal, siendo un mejor referente de desarrollo. Ojalá prefiramos siempre nuestra libertad.

 

 

*Columna publicada originalmente en Soy502

 

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