The Bicentennial and the presentism

The Bicentennial and the presentism
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Directora del área de Estudios Latinoamericanos de la Fundación Libertad y Desarrollo. Es licenciada en Historia egresada de la Universidad Central de Venezuela.
13 Sep 2021

El historiador italiano Benedetto Croce alguna vez afirmó que “Toda historia es historia contemporánea” y el gran filósofo español José Ortega y Gasset también llegó a decir que “un historiador es un profeta al revés”. Lo que estos importantes pensadores del siglo XX quisieron transmitir con estas frases es que muchos lectores y aficionados a la historia se acercan a esta disciplina principalmente para entender su presente y prospectar su futuro. De allí que casi siempre la historia se convierta en un género bestseller en aquellas sociedades que atraviesan grandes crisis y convulsiones.

De esa actitud no han escapado los centroamericanos a la hora de abordar su hito fundacional como república independiente, a 200 años de aquellos sucesos. Además de que la fecha se presta para que dentro del gremio de historiadores —e intelectuales interesados en la historia—, se debatan y contrapongan distintas visiones historiográficas sobre aquel suceso.

Una vez más, salen a relucir las discusiones sobre si la independencia centroamericana fue una acción pacata y conservadora donde privaron los intereses económicos de los criollos y del clero en lugar del pueblo. Mientras unos sostienen que esa ruptura del nexo colonial estuvo animada por los sublimes ideales ilustrados de la libertad; otros corifean que se trató de un acto de oportunismo y gatopardismo frente al desgaste del Imperio Español y la amenaza de Iturbide de anexarnos por la fuerza a México.

Lo cierto es que el hecho de que la independencia centroamericana la terminaran haciendo los conservadores, que se resistían al liberalismo secularista de la Constitución de Cádiz y que no querían cambios radicales en la sociedad, no tiene nada de inusual ni explica suficientemente los problemas institucionales que arrastra el país hasta la actualidad para erigirse en un proyecto moderno de nación.

Pensemos en varios ejemplos: en Chile, los conservadores opositores a O’Higgins, (también denominados peyorativamente “pelucones”) tomaron el poder en 1823, organizaron al Estado y de la mano de Diego Portales, sentaron las bases institucionales de lo que ha sido Chile hasta hoy. Luego tenemos el caso de la Constitución de 1826 de Bolivia —redactada por el Libertador Simón Bolívar en la última etapa de su vida y con las lecciones aprendidas del experimento de Colombia— y sobre la que muchos argumentan que fue una propuesta conservadora de restaurar la monarquía al crear una presidencia vitalicia y hereditaria. También está, por supuesto, el Plan de Iguala y el intento de creación de un Imperio en México por Agustín de Iturbide, también de inspiración conservadora. Y finalmente, no olvidemos que incluso el propio Fernando VII derogó la Constitución de Cádiz entre 1814 y 1820, en un intento de frenar el avance liberal reformista y restaurar el absolutismo borbónico.

Todas éstas fueron “regresiones” conservadoras que se dieron en toda Hispanoamérica y que de alguna forma dan cuenta de las tensiones, las rupturas y continuidades de un proceso que no fue monolítico ni lineal, sino más bien heterogéneo y complejo que se inaugura en la región a partir de 1808 cuando la Corona española queda acéfala y se implanta un gobierno ilegítimo y los ciudadanos de toda Hispanoamérica tuvieron que encontrar la manera, con las propias limitaciones de su tiempo, de gobernarse a sí mismos.

Si bien es sano y deseable para una sociedad plantearse estos problemas historiográficos como parte formativa de su memoria colectiva y su conciencia histórica, debe evitarse caer en el “presentismo”, que es un vicio académico que impide entender el verdadero contexto de los acontecimientos tal cual sucedieron; sino que busca justificar cualquier cosa del presente mediante el uso político del pasado. En pocas palabras: es ideología, no historia.