No por miedo al futuro, sino por respeto a la vida
En el programa de esta semana, analizamos el fenómeno El Niño y sus implicaciones económicas y sociales.
Dionisio Gutiérrez inició recordando que, a lo largo de la historia, el ser humano ha tenido que enfrentar no solo sus propios errores, sino también los “humores de la naturaleza”: sequías, inundaciones, incendios, tormentas y terremotos. Y, cuando estos fenómenos ocurren, dejan “violencia, destrucción, pobreza, migración y dolor. Cambia paisajes, vacía pueblos, arruina cosechas, obliga a familias enteras a empezar de nuevo”, señaló. Es así como recordamos que no somos dueños del mundo, sino huéspedes.
A pesar de que la Tierra siempre ha tenido ciclos de más frío o calor, resaltó la importancia de reconocer que “una humanidad más numerosa, más urbana y más productiva deja una huella mayor sobre el planeta que la sostiene”. Bajo esa línea, insistió en que no se debe convertir el cuidado de la naturaleza en “una religión política” o en “excusa para limitar libertades”. Sin embargo, hay que ser conscientes de que los recursos no son infinitos.
Por otro lado, señaló que los “golpes de la naturaleza no castigan a todos por igual”, pues “Quien tiene recursos reconstruye”, pero “quien nada tiene, pierde incluso aquello que parecía imposible perder”. Por eso, recordó la importancia de la solidaridad como pilar de la civilización.
Para finalizar, Gutiérrez aseguró que el hombre libre “no es aquel que hace cualquier cosa, sino aquel que entiende las consecuencias de sus actos”. Por eso, llamó a trabajar por el desarrollo sostenible: “Podemos producir más y mejor sin destruir. Podemos crecer sin ensuciarlo todo. Podemos innovar para utilizar menos recursos y preservar más naturaleza. Podemos vivir en ciudades más limpias, proteger bosques y recuperar ríos sin renunciar al progreso ni convertir la prosperidad en pecado”.
En el siguiente segmento, Dionisio Gutiérrez entrevistó a Alex Guerra, doctor en geografía y medio ambiente, y a Lisardo Bolaños, economista y doctor en políticas públicas, sobre el fenómeno natural El Niño y sus implicaciones económicas y sociales.
Guerra inició explicando que El Niño altera las lluvias y las temperaturas a escala global y “acentúa los extremos del agua”. En América Latina, sus efectos son distintos según la región: mientras Centroamérica enfrenta sequías y una fuerte reducción de las lluvias, otras zonas reciben precipitaciones excesivas e inundaciones. Para él, lo preocupante es que ambos fenómenos generan impactos sobre “ecosistemas, poblaciones y agricultura”.
También advirtió que este episodio ocurre sobre un planeta que ya registra temperaturas más elevadas. Explicó que la intensidad de El Niño está determinada por el aumento de la temperatura del Pacífico ecuatorial y señaló que “en la actualidad, esa temperatura ha ido subiendo”. A partir de ello, consideró que “se espera que este sea el evento de El Niño más intenso que conocemos”.
En la agricultura, el primer impacto de El Niño aparece en la disponibilidad de agua. Guerra explicó que los cultivos de secado, que dependen completamente de las lluvias, son especialmente vulnerables cuando la reducción de precipitaciones coincide con el momento en que necesitan más agua. El resultado ya puede observarse en distintos cultivos: “el maíz en muchos lugares están secos, en otros creció, pero no tiene mazorca y en otros si tiene la mazorca, tiene algunos granitos escasos”. A esto se suma el aumento de las temperaturas, que “estresa también los cultivos” incluso cuando existe acceso al riego.
Sobre la gestión del agua, Guerra destacó que América Latina cuenta con una enorme riqueza hídrica, pero enfrenta importantes deficiencias institucionales. “América Latina es la región más rica en recursos hídricos del mundo” y utiliza menos del 5% de sus reservas, pero “la gestión de esa agua está muy rezagada”. Por ello, sostuvo que el desafío consiste en mejorar “la infraestructura, el financiamiento y la gobernanza”.
A su juicio, una mejor gestión permitiría transformar el agua de una fuente de vulnerabilidad en una oportunidad de desarrollo: “tenemos que mejorar para aprovecharla y que el agua, en lugar de ser fuente de destrucción, de impactos, de pobreza, de hambre, de conflictos, sea fuente de bienestar y prosperidad para esta región tan rica”.
El impacto más inmediato se observa en el corredor seco de Centroamérica. Guerra señaló que durante 2026 hay lugares donde “la reducción de las lluvias ha sido de un 80 %” y que algunos agricultores “perdieron totalmente sus cultivos”. Advirtió que, conforme se agoten las reservas de alimentos de las familias, aumentará la dificultad para garantizar su alimentación durante los meses siguientes.
Frente a las inundaciones, señaló que son “el fenómeno que mayor impacto tiene en la región y a nivel mundial”. Aunque existen soluciones para reducir sus efectos, requieren planificación e infraestructura. El problema, según explicó, es que “lamentablemente, lo que hacemos es atender las emergencias en lugar de trabajar en la prevención”.
Finalmente, Guerra llamó a superar la polarización ideológica alrededor del cambio climático. Más allá de las discusiones sobre sus causas, sostuvo que “los impactos y los retos son reales”. Por ello, consideró necesario encontrar “un equilibrio entre lo social, económico y la naturaleza” y, sobre todo, organizarse para ser resilientes como sociedad.
Por su parte, Bolaños advirtió que uno de los principales problemas frente a los fenómenos climáticos es la dificultad de los gobiernos para pensar más allá del corto plazo. “Nos cuesta ver mucho más allá del mes” y, en el ámbito político, “nos cuesta ver más allá de los años [en el gobierno]”, señaló. A su juicio, esta limitación provoca que los países subestimen riesgos que pueden tardar años en repetirse: “Así que es un tema de miopía”.
Sobre los efectos económicos de una crisis climática, Bolaños explicó que la recuperación puede extenderse mucho más allá del impacto inicial. Aunque un fenómeno natural puede afectar la economía durante un año, “el proceso de reconstrucción económica para el gobierno, para las personas, para las empresas, puede tardar de 3 a 5 años”. Advirtió además que las medidas adoptadas para contener la inflación, como el aumento de las tasas de interés, pueden dificultar todavía más la reconstrucción.
Bolaños también recordó que la combinación de shocks externos no es nueva para América Latina. Hizo referencia a 1982, cuando la región enfrentó simultáneamente “la crisis de la deuda al mismo tiempo que El Niño”. En el escenario actual, señaló que el incremento y la variabilidad de los precios del petróleo dificultan la planificación de largo plazo.
Frente al impacto de las crisis climáticas sobre los alimentos, Bolaños destacó la necesidad de pensar desde ahora en mecanismos de adaptación. Planteó “cómo empezamos a cambiar algunos de los cultivos”, desarrollar “mejores formas de generar agricultura”, construir “más terrazas que nos permitan reducir los impactos de las tormentas repentinas con inundaciones” y desarrollar “semillas que nos ayuden a resistir de mejor manera las sequías o las inundaciones”. Para él, la respuesta requiere también “invertir de manera conjunta en mecanismos que nos ayuden a soportar” estos problemas.
Sobre las respuestas de política pública, Bolaños reconoció que los gobiernos muchas veces priorizan demostrar que están actuando antes que resolver efectivamente el problema. “Nos gusta muchas veces querer mostrar que hemos hecho algo, aunque ese algo no necesariamente resuelva el problema”, afirmó. También advirtió que “a veces negamos que tenemos un problema” y comparó esta actitud con postergar una consulta médica hasta que una enfermedad se agrava. “Eso es muy similar en política pública”, concluyó.
Finalmente, Bolaños vinculó directamente la prudencia fiscal con la capacidad de un país para preservar su margen de acción ante las crisis. “Total y absolutamente”, respondió al planteamiento de que unas cuentas públicas sanas constituyen una forma de libertad. Recordó nuevamente los efectos de las crisis de 1982, 2001 y 2007, y sostuvo que “mientras más endeudados con malas políticas fiscales, terminamos enfrentando después la incapacidad para hacerle frente a otras prioridades”. Por ello, llamó a los ciudadanos a “cuestionar al poder” y a desconfiar de “lo fácil que les gusta dar ‘dulcito’” frente a la necesidad de ofrecer “las respuestas a largo plazo que necesitamos”.
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Dionisio Gutiérrez inició con una fábula sobre un gobernante que repartía monedas que no eran suyas, mientras una multitud aplaudía sin preguntar quién había llenado la bolsa ni qué ocurriría cuando se agotara. A partir de esta historia, explicó una de las grandes desgracias de Iberoamérica:
Bonilla inició resaltando que la dinámica populista se repite bastante en el continente: “Detrás está la idea de que muchos de los problemas que enfrentamos se pueden resolver con mayor gasto público, mayor inversión del Estado”. Sin embargo, aseguró que esta es una “trampa” y las “expectativas de la gente se ven decepcionadas”. 
Dionisio Gutiérrez inició señalando que China es hoy una gran potencia, aunque advirtió que poder no es lo mismo que grandeza ni garantiza liderazgo. Explicó que las naciones verdaderamente grandes no se miden solo por lo que producen o conquistan, sino por la dignidad que reconocen a cada uno de sus ciudadanos libres. En ese sentido, afirmó que “El Partido Comunista ha confundido obediencia con estabilidad, silencio con consenso y miedo con legitimidad”.
Fernández advirtió sobre los riesgos de la dependencia tecnológica frente a China, especialmente por la expansión de su infraestructura digital y sistemas de vigilancia. Señaló que estas tecnologías penetran silenciosamente y generan “dinámicas de dependencia” entre los países y el proveedor, con “menos transparencia”, “más opacidad” y mayor control sobre la provisión, almacenamiento y procesamiento de la información. A su juicio, China está utilizando esta estrategia de manera deliberada: “es el país más video-vigilado del mundo” y está exportando esa tecnología, “generando ciertas dinámicas de dependencia muy peligrosas”.
Dionisio Gutiérrez relató la historia de Martín, un joven que, en medio de la incertidumbre que vive el mundo, buscaba respuestas ante los conflictos, la inestabilidad y la falta de certezas sobre el futuro. A través de ese relato, reflexionó sobre las guerras, el poder, las dificultades económicas y los desafíos que enfrentan las nuevas generaciones.
Trujillo advirtió que los acuerdos internacionales han perdido valor cuando las partes carecen de credibilidad. A su juicio, tanto Estados Unidos como Irán han convertido los compromisos en instrumentos circunstanciales: “los pactos se cumplen de buena fe”, pero en este caso “no sirven para nada”. Alertó que esta dinámica solo genera “incertidumbre”, el peor escenario para las relaciones internacionales.
Dionisio Gutiérrez inició advirtiendo sobre el riesgo que representa la captura de la justicia para una democracia: “Una república puede soportar malos ministros, peores diputados y hasta una generación de gobernantes mediocres. Lo que no puede es sobrevivir si desaparece la justicia independiente porque cuando los jueces dejan de obedecer a la ley y obedecen al poder, el ciudadano pierde su último refugio y la nación se convierte en feudo de criminales”.
Pombo inició explicando por qué los gobiernos buscan controlar el sistema judicial. Afirmó que, con el auge del neoconstitucionalismo, “de lo que se trata es de dominar el sistema judicial”, pues el Ejecutivo busca controlar a “quien toma, en últimas, la última palabra, que es la rama judicial”. Según explicó, las dictaduras y los populismos recurren a esta estrategia porque la justicia “legitima una decisión”, la “legitima en última instancia” y hace que las decisiones “suenen colegiadas, motivadas, constitucionales” cuando en realidad responden al poder político.
Por su parte, Ghersi inició explicando que la captura de la justicia responde a una lógica propia de los países con instituciones débiles. Se refirió a la escuela de la elección pública para señalar que “en sociedades con instituciones débiles como en América Latina, en vez de competir económicamente, los grupos de interés compiten políticamente”, y advirtió que una de las formas de hacerlo es “a través de la captura o de la búsqueda de influencia en los organismos judiciales”. Agregó que algunos actores “se hacen amigos de los jueces, del sistema de justicia para mantener su poder en el mercado o perseguir a sus competidores”.
Dionisio Gutiérrez inició reflexionando sobre una parte de la juventud contemporánea que, pese a haber nacido en el mejor momento material de la historia, asume como natural la abundancia, las libertades y los derechos conquistados por generaciones anteriores. En ese contexto, advirtió que “disfruta de una abundancia que no produjo, de derechos que no conquistó, de tecnologías que no inventó y de libertades por las que otros arriesgaron la vida; pero, en lugar de preguntarse cómo conservar y ampliar ese legado, exige más, de inmediato y sin costo”. Asimismo, recordó el concepto de Ortega del “señorito satisfecho”, que recibe la civilización como si todo le fuera debido y desconoce el esfuerzo que hizo posible ese bienestar.
Gelpi señaló que los jóvenes disfruten de los beneficios del capitalismo, pero desprecien ese mismo modelo es paradójico: “El capitalismo democrático ha logrado la mayor disminución de la pobreza en nuestra historia. Sin embargo, una parte importante de los jóvenes desconfía del sistema porque vive en la cara más negativa: tiene servicios públicos, tiene servicios sociales, pero no es capaz de independizarse. Bajo este contexto, considera que más que una confrontación ideológica, lo que hay es “una frustración vital” con la sensación de que no se puede avanzar: “desde el mundo liberal y capitalista, debemos impulsar ese motor de alguna manera porque si no, los populistas nos van a devorar”. Aunque añadió que es cierto que no es posible que los Estados satisfagan todas esas necesidades.
Por su parte, Álvarez señaló que figuras como el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, venden una narrativa errónea al afirmar que solo existe una mayoría, la clase trabajadora: “Incluso Marx y Engels describían el comunismo con el proletariado y la burguesía”. Además, señaló que el hablar bajo estos términos crea la narrativa de que “estamos sometidos ante el rico, ante el que oprime”, cuando realmente en una sociedad libre todos somos agentes económicos.
Dionisio Gutiérrez inició señalando que América Latina continúa atrapada en el conflicto, la pobreza y la devastación por el voto: “El voto equivocado le impone, con demasiada frecuencia, gobernantes corruptos y autoritarios”, quienes, además, “intentan que nuestros países sean cautivos de la demagogia y la sumisión que produce pueblos de esclavos en lugar de naciones de ciudadanos”.
Villamarín advirtió que el desconocimiento anticipado de los resultados electorales por parte del oficialismo colombiano es un riesgo para la democracia del país. A su juicio, el presidente Gustavo Petro y su sector político buscan “darle una lectura politizada, ideologizada y torcida a todo lo que no les conviene” y “acusan siempre de trampa al adversario”, pese a que llegaron al poder mediante el mismo sistema electoral que ahora cuestionan.
Por su parte, Flores señaló que la izquierda populista ha sido hábil “en tratar de afianzarse o imponerse en el poder”. A pesar de eso, ve positivo que nuestros sistemas electorales sean “participativos y transparentes”. Además, aseguró que los ciudadanos latinoamericanos logran reconocer que la narrativa que se ha tratado de imponer sobre fraude es falsa: “No se vale que estén gritando fraude cuando pierden. Seamos honorables”.
Dionisio Gutiérrez inició refiriéndose a la crisis que atraviesa Venezuela y al momento decisivo que enfrenta el país tras la caída de Maduro: “La tiranía de Caracas ha sido golpeada, el dictador cayó, la verdad del desastre quedó expuesta con brutalidad y, sin embargo, la libertad sigue detenida en un umbral incierto”. Aseguró que la transición es aún inconclusa y que hay un régimen que conserva estructuras de poder.
Arias aseguró que la tragedia provocada por el terremoto en Venezuela no puede entenderse de forma aislada, sino como consecuencia de más de dos décadas de deterioro institucional. A su juicio, “el verdadero drama” no es el fenómeno natural en sí, sino que el país “no está institucionalmente apto para recibirlo”.
Por su parte, Montes de Oca afirmó que América Latina atraviesa una nueva oportunidad para dejar atrás el ciclo del populismo, aunque advirtió que el éxito dependerá de que los países sean capaces de construir una alternativa duradera. A su juicio, la región vive un momento similar al de la década de 1990, con una serie de gobiernos que han comenzado a desplazar a la izquierda, mientras “aquel viejo Foro de São Paulo parece ahora acurrucado en Brasil”, donde incluso el liderazgo de Lula da Silva enfrenta un escenario de incertidumbre.

Pedro Trujillo inició señalando que América Latina atraviesa un momento de rechazo al populismo de izquierda, aunque advirtió que aún es prematuro hablar de un cambio definitivo. Afirmó que “hay un rechazo total” a esos regímenes en varios países de la región, pero también advirtió que “la mitad de la población de todos esos países (...) quieren vivir en un país que no está de acuerdo a la otra mitad”, lo que refleja “una polarización extrema que impide decir (...) si estamos en un cambio o es transitorio”.

Lechín comenzó señalando que la clave para entender que la libertad económica no es una consigna de ricos, sino una condición para crear clases medias fuertes es comprender que “los ricos siempre existen”, ya sea porque han trabajado por ese dinero o porque son políticos que lo han robado: “La zona de ricos nunca queda vacía, por lo tanto, no nos deben preocupar los ricos en términos filosóficos. Lo que nos debe preocupar siempre son los pobres”.