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Colombia and Venezuela, the end of divergent paths?
113
Directora del área de Estudios Latinoamericanos de la Fundación Libertad y Desarrollo. Es licenciada en Historia egresada de la Universidad Central de Venezuela.
18 Mayo 2022

Dedicado a RAL

 

Colombia y Venezuela son dos hermanos especulares al norte de América del sur, separados imaginariamente por el desierto en la Península de la Guajira, por los caudales del Río Arauca en los llanos, por las montañas de la cordillera en los Andes y por la selva del Amazonas. Probablemente, estas imponentes barreras geográficas que separan a la élite cordillerana de Bogotá de la élite caribeña de Caracas, han influido en que ambas naciones tengan recorridos históricos opuestos y que sus destinos nunca parezcan coincidir por lo menos desde 1830.

Mientras en Colombia ha gobernado prácticamente la misma élite asociada a las familias cafetaleras desde el siglo XIX; Venezuela ha tenido rupturas abruptas en el poder (golpes de Estado, alzamientos, revoluciones y guerras civiles) y una mayor rotación de élites. En ese sentido, Colombia ha tenido una tradición muy acendrada de instituciones fuertes y de presidentes civiles electos por el voto desde la fundación de su república. Venezuela, por su parte, ha mantenido una práctica de caudillismos y militarismos con un interregno democrático en el siglo XX.

En los años sesenta, Venezuela alcanzó su época de mayor prosperidad económica (gracias a los precios del petróleo) y logró una estabilidad democrática que duraría cuatro décadas, convirtiendo a ese país en un caso de éxito en la región. En cambio Colombia, se sumergió en un conflicto armado que duraría más de cincuenta años, y además, en la década del setenta, comenzaría el flagelo del narcotráfico dejando profundas secuelas en esa sociedad.

A inicios del siglo XXI, Venezuela opta por el militarismo de corte socialista encarnado en la figura populista y autoritaria de Hugo Chávez, además de decantarse por una economía estatizada basada fuertemente en la dependencia de la renta petrolera. Pero Colombia comienza, en colaboración con los Estados Unidos, un período de reforma institucional gracias al “Plan Colombia” que rescata y moderniza al país, además de una serie de reformas de apertura económica que generan crecimiento, reducción de la pobreza y del desempleo.

En la actualidad, y luego de provocar la crisis humanitaria más dramática de la historia reciente, el régimen socialista de Nicolás Maduro en Venezuela comienza a levantar controles en la economía. Incluso ha habido acercamientos con la administración de Joe Biden en Estados Unidos y se habla de un posible levantamiento de sanciones al régimen chavista, a pesar de estar inmersos en graves delitos de corrupción, narcotráfico y violaciones a los Derechos Humanos.

Por su parte, Colombia arrastra una crisis económica que se profundizó con la pandemia y ha tenido varios estallidos de protestas en los últimos años. Además, su sistema político presenta un fuerte desgaste, haciendo que la candidatura del ex guerrillero e izquierdista radical Gustavo Petro cobre cada vez más preferencia entre los electores. Por si fuera poco, la histórica alianza entre la élite colombiana y el gobierno de los Estados Unidos está teniendo fracturas ya que la potencia del norte desde 2021 retiró a las FARC de su lista de grupos terroristas.

A pesar del sueño de Bolívar de un corredor unido, la trayectoria histórica de Colombia y Venezuela siempre ha sido divergente con respecto a la otra. Sus senderos bifurcados, como diría Borges, no se tocan nunca y la dirección de cada uno siempre parece estar en las antípodas del otro. Habrá que ver si en el futuro ambas naciones mantendrán esa histórica bifurcación o si finalmente se empalmarán en un frente común con gobiernos socialistas en Nariño y en Miraflores.

 

 

 

 

 

 

Colombia y Venezuela ¿El fin de los senderos que se bifurcan?
113
Directora del área de Estudios Latinoamericanos de la Fundación Libertad y Desarrollo. Es licenciada en Historia egresada de la Universidad Central de Venezuela.
18 Mayo 2022

Dedicado a RAL

 

Colombia y Venezuela son dos hermanos especulares al norte de América del sur, separados imaginariamente por el desierto en la Península de la Guajira, por los caudales del Río Arauca en los llanos, por las montañas de la cordillera en los Andes y por la selva del Amazonas. Probablemente, estas imponentes barreras geográficas que separan a la élite cordillerana de Bogotá de la élite caribeña de Caracas, han influido en que ambas naciones tengan recorridos históricos opuestos y que sus destinos nunca parezcan coincidir por lo menos desde 1830.

Mientras en Colombia ha gobernado prácticamente la misma élite asociada a las familias cafetaleras desde el siglo XIX; Venezuela ha tenido rupturas abruptas en el poder (golpes de Estado, alzamientos, revoluciones y guerras civiles) y una mayor rotación de élites. En ese sentido, Colombia ha tenido una tradición muy acendrada de instituciones fuertes y de presidentes civiles electos por el voto desde la fundación de su república. Venezuela, por su parte, ha mantenido una práctica de caudillismos y militarismos con un interregno democrático en el siglo XX.

En los años sesenta, Venezuela alcanzó su época de mayor prosperidad económica (gracias a los precios del petróleo) y logró una estabilidad democrática que duraría cuatro décadas, convirtiendo a ese país en un caso de éxito en la región. En cambio Colombia, se sumergió en un conflicto armado que duraría más de cincuenta años, y además, en la década del setenta, comenzaría el flagelo del narcotráfico dejando profundas secuelas en esa sociedad.

A inicios del siglo XXI, Venezuela opta por el militarismo de corte socialista encarnado en la figura populista y autoritaria de Hugo Chávez, además de decantarse por una economía estatizada basada fuertemente en la dependencia de la renta petrolera. Pero Colombia comienza, en colaboración con los Estados Unidos, un período de reforma institucional gracias al “Plan Colombia” que rescata y moderniza al país, además de una serie de reformas de apertura económica que generan crecimiento, reducción de la pobreza y del desempleo.

En la actualidad, y luego de provocar la crisis humanitaria más dramática de la historia reciente, el régimen socialista de Nicolás Maduro en Venezuela comienza a levantar controles en la economía. Incluso ha habido acercamientos con la administración de Joe Biden en Estados Unidos y se habla de un posible levantamiento de sanciones al régimen chavista, a pesar de estar inmersos en graves delitos de corrupción, narcotráfico y violaciones a los Derechos Humanos.

Por su parte, Colombia arrastra una crisis económica que se profundizó con la pandemia y ha tenido varios estallidos de protestas en los últimos años. Además, su sistema político presenta un fuerte desgaste, haciendo que la candidatura del ex guerrillero e izquierdista radical Gustavo Petro cobre cada vez más preferencia entre los electores. Por si fuera poco, la histórica alianza entre la élite colombiana y el gobierno de los Estados Unidos está teniendo fracturas ya que la potencia del norte desde 2021 retiró a las FARC de su lista de grupos terroristas.

A pesar del sueño de Bolívar de un corredor unido, la trayectoria histórica de Colombia y Venezuela siempre ha sido divergente con respecto a la otra. Sus senderos bifurcados, como diría Borges, no se tocan nunca y la dirección de cada uno siempre parece estar en las antípodas del otro. Habrá que ver si en el futuro ambas naciones mantendrán esa histórica bifurcación o si finalmente se empalmarán en un frente común con gobiernos socialistas en Nariño y en Miraflores.

 

 

 

 

 

 

Review of appointment processes cannot be postponed
28
Edgar Ortiz es el Director del Área Jurídica en Fundación Libertad y Desarrollo, es catedrático universitario y participa como analista político en diferentes medios de comunicación. 
17 Mayo 2022

Un modelo nefasto. Urge cambiar las cosas.

 

Culminó el proceso de designación de fiscal general y en las próximas horas o días el presidente designará a quien ocupe el cargo por los próximos cuatro años.

Por eso es momento para revisar, una vez más, los mecanismos mediante los cuales designamos a funcionarios de importancia como al propio fiscal general, magistrados a sala de Corte de Apelaciones y Corte Suprema de Justicia, Contralor General de Cuentas, magistrados del Tribunal Supremo Electoral, entre otros. 

Y es que el mecanismo de las comisiones de postulación se ha vuelto el mecanismo estándar para hacerlo. Las comisiones de postulación son órganos temporales y ad-hoc. Se instalan por un corto periodo de tiempo para confeccionar una lista de elegibles que luego deben remitir a otro funcionario para que de ahí elija al funcionario y funcionarios que corresponda.

Si comparamos nuestro modelo de comisiones de postulación con el de otros países, veremos que se trata de un diseño bastante peculiar. Si bien en varios estados de EE. UU. existen comisiones nominadoras, su conformación, duración y funcionamiento es distinto a lo que tenemos nosotros. 

Nuestro modelo de comisiones de postulación se ensayó por primera vez en la designación del Tribunal Supremo Electoral (TSE) de la transición, el que organizó las elecciones para Asamblea Nacional Constituyente.

La Ley Orgánica del Tribunal Supremo Electoral (decreto ley 36-83) estipulaba que el TSE sería designado por la Corte Suprema de Justicia a partir de una nómina de veinte candidatos que elaboraría una comisión de postulación. Ésta se integraba por el rector de la Universidad de San Carlos de Guatemala, un representante de los rectores de las universidades privadas que funcionaban en el país, un representante designado por la Asamblea de Presidentes de los Colegios Profesionales y por los decanos de las facultades derecho de cada una de las universidades del país.

Sabemos por experiencia que el experimentó salió muy bien en aquella oportunidad. También sabemos que las condiciones del país eran completamente distintas. En ese momento probablemente era razonable confiar la designación de tan importantes cargos a la discreción de un grupo de personas que gozaba de la credibilidad necesaria para hacerlo.

Sin embargo, el tiempo demostró que el diseño no era el óptimo. Por más de dos décadas las comisiones de postulación funcionaron con autorregulación. Decidían a lo interno cómo evaluar a los aspirantes hasta que en 2009 se creó la Ley de Comisiones de Postulación.

Muchos pensaron que esa normativa sería la panacea a las críticas que se vertían respecto del alto grado de discreción con que se evaluaba a los aspirantes. Lo cierto es que el único gran logro de la Ley fue la publicidad del proceso, algo no menor.

Dejando ese aspecto a un lado, lo que hemos visto es una mecanización absurda de la evaluación de perfiles. Los aspirantes saben que por tener una mayor cantidad de años de ejercicio profesional o un doctorado de quién sabe qué universidad lograrán puntear alto y quizá colarse en la nómina final. 

Los comisionados están atados de manos al evaluar el perfil. Y no están teóricamente “atados” al momento de evaluar si un aspirante tiene o no “reconocida honorabilidad”. Pero, siendo sinceros, ¿cómo pedir a un comisionado que se pronuncie a secas y con base a su leal saber y entender sobre la honorabilidad de un aspirante? Para comenzar, los comisionados no gozan de irresponsabilidad por sus opiniones. Cualquier juicio u opinión en tal sentido podría ser objeto de acciones legales.

Por otra parte, ¿no se intentaba depender menos de la discreción de los comisionados y más de parámetros objetivos definidos en ley? Precisamente esa es la paradoja del actual marco normativo: los parámetros nominalmente “objetivos” de evaluación sirven para poco y la presión recae sobre el leal saber y entender de los comisionados. Un modelo nefasto. Urge cambiar las cosas.

Impostergable revisar procesos de designación
28
Edgar Ortiz es el Director del Área Jurídica en Fundación Libertad y Desarrollo, es catedrático universitario y participa como analista político en diferentes medios de comunicación. 
17 Mayo 2022

Un modelo nefasto. Urge cambiar las cosas.

 

Culminó el proceso de designación de fiscal general y en las próximas horas o días el presidente designará a quien ocupe el cargo por los próximos cuatro años.

Por eso es momento para revisar, una vez más, los mecanismos mediante los cuales designamos a funcionarios de importancia como al propio fiscal general, magistrados a sala de Corte de Apelaciones y Corte Suprema de Justicia, Contralor General de Cuentas, magistrados del Tribunal Supremo Electoral, entre otros. 

Y es que el mecanismo de las comisiones de postulación se ha vuelto el mecanismo estándar para hacerlo. Las comisiones de postulación son órganos temporales y ad-hoc. Se instalan por un corto periodo de tiempo para confeccionar una lista de elegibles que luego deben remitir a otro funcionario para que de ahí elija al funcionario y funcionarios que corresponda.

Si comparamos nuestro modelo de comisiones de postulación con el de otros países, veremos que se trata de un diseño bastante peculiar. Si bien en varios estados de EE. UU. existen comisiones nominadoras, su conformación, duración y funcionamiento es distinto a lo que tenemos nosotros. 

Nuestro modelo de comisiones de postulación se ensayó por primera vez en la designación del Tribunal Supremo Electoral (TSE) de la transición, el que organizó las elecciones para Asamblea Nacional Constituyente.

La Ley Orgánica del Tribunal Supremo Electoral (decreto ley 36-83) estipulaba que el TSE sería designado por la Corte Suprema de Justicia a partir de una nómina de veinte candidatos que elaboraría una comisión de postulación. Ésta se integraba por el rector de la Universidad de San Carlos de Guatemala, un representante de los rectores de las universidades privadas que funcionaban en el país, un representante designado por la Asamblea de Presidentes de los Colegios Profesionales y por los decanos de las facultades derecho de cada una de las universidades del país.

Sabemos por experiencia que el experimentó salió muy bien en aquella oportunidad. También sabemos que las condiciones del país eran completamente distintas. En ese momento probablemente era razonable confiar la designación de tan importantes cargos a la discreción de un grupo de personas que gozaba de la credibilidad necesaria para hacerlo.

Sin embargo, el tiempo demostró que el diseño no era el óptimo. Por más de dos décadas las comisiones de postulación funcionaron con autorregulación. Decidían a lo interno cómo evaluar a los aspirantes hasta que en 2009 se creó la Ley de Comisiones de Postulación.

Muchos pensaron que esa normativa sería la panacea a las críticas que se vertían respecto del alto grado de discreción con que se evaluaba a los aspirantes. Lo cierto es que el único gran logro de la Ley fue la publicidad del proceso, algo no menor.

Dejando ese aspecto a un lado, lo que hemos visto es una mecanización absurda de la evaluación de perfiles. Los aspirantes saben que por tener una mayor cantidad de años de ejercicio profesional o un doctorado de quién sabe qué universidad lograrán puntear alto y quizá colarse en la nómina final. 

Los comisionados están atados de manos al evaluar el perfil. Y no están teóricamente “atados” al momento de evaluar si un aspirante tiene o no “reconocida honorabilidad”. Pero, siendo sinceros, ¿cómo pedir a un comisionado que se pronuncie a secas y con base a su leal saber y entender sobre la honorabilidad de un aspirante? Para comenzar, los comisionados no gozan de irresponsabilidad por sus opiniones. Cualquier juicio u opinión en tal sentido podría ser objeto de acciones legales.

Por otra parte, ¿no se intentaba depender menos de la discreción de los comisionados y más de parámetros objetivos definidos en ley? Precisamente esa es la paradoja del actual marco normativo: los parámetros nominalmente “objetivos” de evaluación sirven para poco y la presión recae sobre el leal saber y entender de los comisionados. Un modelo nefasto. Urge cambiar las cosas.

Disfigured democracy, compromised freedom
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Empresario, sociólogo y comunicador. Doctor en Sociología y Ciencias Políticas. Es Presidente de la Fundación Libertad y Desarrollo y Director General del programa Razón de Estado. 

Empresario, sociólogo y comunicador. Doctor en Sociología y Ciencias Políticas. Es Presidente de la Fundación Libertad y Desarrollo y Director General del programa Razón de Estado. 

01 Mar 2022

Qué cierto es aquel refrán que dice que los seres humanos no apreciamos lo que tenemos hasta que lo perdemos.

 

En los últimos 40 años, América Latina vio nacer 20 Constituciones que dieron vida a 16 democracias. Cuba, Nicaragua y Venezuela siguen pendientes. Hoy peligra el Perú y en mayo podría sumarse Colombia si su pueblo elige mal. Otras naciones del continente también corren peligro.    

Con el paso de los años, el ciudadano latinoamericano ha descubierto que tener elecciones libres no es suficiente pues sigue igual de pobre, pero con más desorden, y escucha que vive en democracia, pero ésta, no le da seguridad, trabajo ni comida.

Este es un sentimiento común en la mayor parte de la América Latina; una región que por momentos ha tenido políticos más o menos democráticos, pero están muy lejos de ser hombres de Estado.

Hemos tenido épocas de crecimiento y entusiasmo, pero no logramos ritmo y continuidad. No tenemos un modelo de desarrollo.

El Siglo XXI está presentando obstáculos y desafíos formidables. La democracia necesita presencia y compromiso ciudadano. La democracia necesita de mucho trabajo y dedicación. No es perfecta, pero es el menos malo de los sistemas conocidos.  

Los defectos de la democracia, a los que se suma la forma en que los políticos la adulteran, la falsean y la desfiguran, convirtieron a los jóvenes, que son la mayoría, en los grandes ausentes de la política. Su desencanto con la democracia es una peligrosa amenaza que abre espacio a propuestas populistas y autoritarias.

Con los tiempos recios que vive el mundo, con la devastación económica que están dejando las letras del alfabeto griego en América Latina y con la pobre gestión que hacen los políticos de las democracias y sus instituciones, a los ciudadanos, solo nos va quedando reinventarnos y rescatar los valores perdidos en nuestras sociedades, iniciar una revolución educativa, redimir la ética del trabajo, formar una tecnocracia honesta y capaz, hablar en serio de integrar comunidades económicas regionales y fortalecer los valores liberales y republicanos.

Así es; para que la democracia funcione, debe ser liberal, debe respetar la división de poderes para llamarse república y debe observar un riguroso respeto al Estado de Derecho.

Este es el camino a la redención de la América Latina. Su verdadero problema es político y la solución depende del ciudadano presente y activo. La solución depende de que los ciudadanos rescaten la política.

La solución está en comprender que la pobreza se combate creando empleo y riqueza, y que ello solo es posible si hay una política que incentive las inversiones y la apertura de nuevas empresas, generando igualdad de oportunidades sin la cual la democracia es letra muerta.

¿Alguna vez se han preguntado ustedes, por qué el mundo árabe y la mayoría de los africanos quieren emigrar a la Europa Occidental y gran parte de la América Latina a Estados Unidos?

La respuesta es que esas naciones se gobiernan con los valores del Liberalismo en la política, en la economía y en la vida social. Y la justicia es digna de su nombre.

Ese sistema, esa forma de vida se llama Liberalismo. Es un programa político que define el orden social, promueve el crecimiento económico; y donde ha gobernado, las sociedades alcanzaron los más altos niveles de bienestar. El liberalismo está fundado en los valores que permitieron el surgimiento del mundo moderno; los mismos que han dado al occidente libre, desde hace más de dos siglos, éxito, desarrollo y bienestar.

 

 

 

Democracia desfigurada, libertad comprometida
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Empresario, sociólogo y comunicador. Doctor en Sociología y Ciencias Políticas. Es Presidente de la Fundación Libertad y Desarrollo y Director General del programa Razón de Estado. 

Empresario, sociólogo y comunicador. Doctor en Sociología y Ciencias Políticas. Es Presidente de la Fundación Libertad y Desarrollo y Director General del programa Razón de Estado. 

01 Mar 2022

Qué cierto es aquel refrán que dice que los seres humanos no apreciamos lo que tenemos hasta que lo perdemos.

 

En los últimos 40 años, América Latina vio nacer 20 Constituciones que dieron vida a 16 democracias. Cuba, Nicaragua y Venezuela siguen pendientes. Hoy peligra el Perú y en mayo podría sumarse Colombia si su pueblo elige mal. Otras naciones del continente también corren peligro.    

Con el paso de los años, el ciudadano latinoamericano ha descubierto que tener elecciones libres no es suficiente pues sigue igual de pobre, pero con más desorden, y escucha que vive en democracia, pero ésta, no le da seguridad, trabajo ni comida.

Este es un sentimiento común en la mayor parte de la América Latina; una región que por momentos ha tenido políticos más o menos democráticos, pero están muy lejos de ser hombres de Estado.

Hemos tenido épocas de crecimiento y entusiasmo, pero no logramos ritmo y continuidad. No tenemos un modelo de desarrollo.

El Siglo XXI está presentando obstáculos y desafíos formidables. La democracia necesita presencia y compromiso ciudadano. La democracia necesita de mucho trabajo y dedicación. No es perfecta, pero es el menos malo de los sistemas conocidos.  

Los defectos de la democracia, a los que se suma la forma en que los políticos la adulteran, la falsean y la desfiguran, convirtieron a los jóvenes, que son la mayoría, en los grandes ausentes de la política. Su desencanto con la democracia es una peligrosa amenaza que abre espacio a propuestas populistas y autoritarias.

Con los tiempos recios que vive el mundo, con la devastación económica que están dejando las letras del alfabeto griego en América Latina y con la pobre gestión que hacen los políticos de las democracias y sus instituciones, a los ciudadanos, solo nos va quedando reinventarnos y rescatar los valores perdidos en nuestras sociedades, iniciar una revolución educativa, redimir la ética del trabajo, formar una tecnocracia honesta y capaz, hablar en serio de integrar comunidades económicas regionales y fortalecer los valores liberales y republicanos.

Así es; para que la democracia funcione, debe ser liberal, debe respetar la división de poderes para llamarse república y debe observar un riguroso respeto al Estado de Derecho.

Este es el camino a la redención de la América Latina. Su verdadero problema es político y la solución depende del ciudadano presente y activo. La solución depende de que los ciudadanos rescaten la política.

La solución está en comprender que la pobreza se combate creando empleo y riqueza, y que ello solo es posible si hay una política que incentive las inversiones y la apertura de nuevas empresas, generando igualdad de oportunidades sin la cual la democracia es letra muerta.

¿Alguna vez se han preguntado ustedes, por qué el mundo árabe y la mayoría de los africanos quieren emigrar a la Europa Occidental y gran parte de la América Latina a Estados Unidos?

La respuesta es que esas naciones se gobiernan con los valores del Liberalismo en la política, en la economía y en la vida social. Y la justicia es digna de su nombre.

Ese sistema, esa forma de vida se llama Liberalismo. Es un programa político que define el orden social, promueve el crecimiento económico; y donde ha gobernado, las sociedades alcanzaron los más altos niveles de bienestar. El liberalismo está fundado en los valores que permitieron el surgimiento del mundo moderno; los mismos que han dado al occidente libre, desde hace más de dos siglos, éxito, desarrollo y bienestar.

 

 

 

A war between freedom and authoritarianism
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Empresario, sociólogo y comunicador. Doctor en Sociología y Ciencias Políticas. Es Presidente de la Fundación Libertad y Desarrollo y Director General del programa Razón de Estado. 

Empresario, sociólogo y comunicador. Doctor en Sociología y Ciencias Políticas. Es Presidente de la Fundación Libertad y Desarrollo y Director General del programa Razón de Estado. 

03 Mayo 2022

Gloria a Ucrania

 

Una invasión ilegal, la muerte de inocentes, el asalto a una democracia europea y el secuestro de la libertad de un pueblo son los crímenes por los que será juzgado el tirano asesino del Kremlin.

El 24 de febrero de 2022, el mundo volvió a cambiar para siempre.

Las locuras de un psicópata que pretende reescribir la historia y cambiar el balance de fuerzas a la fuerza no es cosa nueva. La historia tiene en su sitio a los peores. Nerón, Mao Zedong, Stalin, Hitler y otros. Ahora se suma ese tal Putin.

Las tres razones por las que el dictador de Moscú terminará derrotado y en el basurero de la historia son, la primera, los invasores jamás pensaron encontrar ese valor admirable y la ejemplar determinación del pueblo ucraniano para defender su hogar y su libertad; un pueblo que esta dispuesto a todo para hacer realidad la leyenda de David contra Goliat. La segunda razón es que el occidente desarrollado, liderado por USA, le plantó cara al hijo de Putin. Y la tercera es que el déspota sobrestimó a su ejército.

Esta es la primera agresión militar a gran escala que vive un planeta totalmente conectado. Hasta el último ciudadano decente del mundo civilizado está haciendo sentir su protesta y su condena

Kharkiv, ciudad importante de Ucrania, en la frontera con Rusia, conocida por tener docenas de museos, teatros y universidades que están llenas de gente joven. Su punto de reunión más importante lleva el nombre de “La plaza de la libertad”.

Kharkiv fue atacada con odio por Putin, el tirano, pues cada día, más jóvenes rusos descubrían en esa ciudad la libertad, la coherencia social y la oportunidad que no encuentran en su país.

Putin desprecia las sociedades libres y democráticas. Es un dictador intoxicado por la vida y aislado, que mal gobierna una potencia pobre, con un pueblo envejecido, deprimido y empobrecido. Solo le quedan el gas, su petróleo, los oligarcas que invierten su botín en países libres; y un Ejército capaz de destruir, pero sin propósito ni convicción.

Su arrogancia no tiene límites. La economía rusa es más pequeña que las de Texas, Italia y Canadá; y con las severas sanciones económicas que el mundo le está imponiendo, sumadas al merecido aislamiento político de occidente, además de arruinar su ya deteriorada economía, Rusia quedará convertida en un país paria.  

Desde 1945, las naciones ya no se definen por raza, sino por la voluntad de convivir en espacios políticos libres y comunes. Es falso que la geografía de una nación debe coincidir con la raza. Los argumentos putinianos no tienen legitimidad científica ni histórica. El Occidente Libre lo debe saber. Putin es una copia vulgar de Hitler. Y este es el problema. El desquiciado del Kremlin podría llevar su locura a la locura, y hacer pagar al mundo lo inimaginable con su inevitable derrota. No hay que olvidar el peligro que representan 6000 ojivas nucleares en manos de un tirano enloquecido.    

El mundo está presenciando algo mucho más grande que la invasión a una nación libre y democrática. Ésta es una guerra europea entre la libertad y el autoritarismo. Es la batalla entre el nacionalpopulismo y la democracia liberal, los dos grandes proyectos políticos que se disputan el mundo de nuestro tiempo.

El desafío del Occidente democrático es seguir construyendo una fuerza global suficiente para estar a la altura y para llevar esta crisis a las últimas consecuencias para detener al tirano y para liberar y proteger al valiente, digno y luchador pueblo ucraniano.

Las democracias solo son débiles en apariencia. Crecen cuando están amenazadas y por eso aliadas. Esto, el dictador no lo entiende; y aunque es difícil negociar con un déspota que ha perdido la razón, éste es el momento de Occidente para hacer valer los valores de la democracia, la Justicia y la Libertad.

Hoy, Ucrania entera es “La Plaza de la Libertad”. Como debe ser. Gloria a Ucrania.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una guerra entre la libertad y el autoritarismo
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Empresario, sociólogo y comunicador. Doctor en Sociología y Ciencias Políticas. Es Presidente de la Fundación Libertad y Desarrollo y Director General del programa Razón de Estado. 

Empresario, sociólogo y comunicador. Doctor en Sociología y Ciencias Políticas. Es Presidente de la Fundación Libertad y Desarrollo y Director General del programa Razón de Estado. 

03 Mayo 2022

Gloria a Ucrania

 

Una invasión ilegal, la muerte de inocentes, el asalto a una democracia europea y el secuestro de la libertad de un pueblo son los crímenes por los que será juzgado el tirano asesino del Kremlin.

El 24 de febrero de 2022, el mundo volvió a cambiar para siempre.

Las locuras de un psicópata que pretende reescribir la historia y cambiar el balance de fuerzas a la fuerza no es cosa nueva. La historia tiene en su sitio a los peores. Nerón, Mao Zedong, Stalin, Hitler y otros. Ahora se suma ese tal Putin.

Las tres razones por las que el dictador de Moscú terminará derrotado y en el basurero de la historia son, la primera, los invasores jamás pensaron encontrar ese valor admirable y la ejemplar determinación del pueblo ucraniano para defender su hogar y su libertad; un pueblo que esta dispuesto a todo para hacer realidad la leyenda de David contra Goliat. La segunda razón es que el occidente desarrollado, liderado por USA, le plantó cara al hijo de Putin. Y la tercera es que el déspota sobrestimó a su ejército.

Esta es la primera agresión militar a gran escala que vive un planeta totalmente conectado. Hasta el último ciudadano decente del mundo civilizado está haciendo sentir su protesta y su condena

Kharkiv, ciudad importante de Ucrania, en la frontera con Rusia, conocida por tener docenas de museos, teatros y universidades que están llenas de gente joven. Su punto de reunión más importante lleva el nombre de “La plaza de la libertad”.

Kharkiv fue atacada con odio por Putin, el tirano, pues cada día, más jóvenes rusos descubrían en esa ciudad la libertad, la coherencia social y la oportunidad que no encuentran en su país.

Putin desprecia las sociedades libres y democráticas. Es un dictador intoxicado por la vida y aislado, que mal gobierna una potencia pobre, con un pueblo envejecido, deprimido y empobrecido. Solo le quedan el gas, su petróleo, los oligarcas que invierten su botín en países libres; y un Ejército capaz de destruir, pero sin propósito ni convicción.

Su arrogancia no tiene límites. La economía rusa es más pequeña que las de Texas, Italia y Canadá; y con las severas sanciones económicas que el mundo le está imponiendo, sumadas al merecido aislamiento político de occidente, además de arruinar su ya deteriorada economía, Rusia quedará convertida en un país paria.  

Desde 1945, las naciones ya no se definen por raza, sino por la voluntad de convivir en espacios políticos libres y comunes. Es falso que la geografía de una nación debe coincidir con la raza. Los argumentos putinianos no tienen legitimidad científica ni histórica. El Occidente Libre lo debe saber. Putin es una copia vulgar de Hitler. Y este es el problema. El desquiciado del Kremlin podría llevar su locura a la locura, y hacer pagar al mundo lo inimaginable con su inevitable derrota. No hay que olvidar el peligro que representan 6000 ojivas nucleares en manos de un tirano enloquecido.    

El mundo está presenciando algo mucho más grande que la invasión a una nación libre y democrática. Ésta es una guerra europea entre la libertad y el autoritarismo. Es la batalla entre el nacionalpopulismo y la democracia liberal, los dos grandes proyectos políticos que se disputan el mundo de nuestro tiempo.

El desafío del Occidente democrático es seguir construyendo una fuerza global suficiente para estar a la altura y para llevar esta crisis a las últimas consecuencias para detener al tirano y para liberar y proteger al valiente, digno y luchador pueblo ucraniano.

Las democracias solo son débiles en apariencia. Crecen cuando están amenazadas y por eso aliadas. Esto, el dictador no lo entiende; y aunque es difícil negociar con un déspota que ha perdido la razón, éste es el momento de Occidente para hacer valer los valores de la democracia, la Justicia y la Libertad.

Hoy, Ucrania entera es “La Plaza de la Libertad”. Como debe ser. Gloria a Ucrania.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

The greek alphabet and the lessons it will leave us
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Empresario, sociólogo y comunicador. Doctor en Sociología y Ciencias Políticas. Es Presidente de la Fundación Libertad y Desarrollo y Director General del programa Razón de Estado. 

Empresario, sociólogo y comunicador. Doctor en Sociología y Ciencias Políticas. Es Presidente de la Fundación Libertad y Desarrollo y Director General del programa Razón de Estado. 

31 Ene 2022

La crisis les enseñó que se puede vivir la vida con menos y que el objetivo de vivirla puede estar más allá de las ambiciones materiales.

 

Una de las costumbres que tenemos los seres humanos en el amanecer de cada año, es que hacemos un inventario de los problemas que queremos resolver y de los proyectos de vida que deseamos explorar y ejecutar.  

Me parece que podemos coincidir en que, hasta los primeros días de 2020, la vida iba a una velocidad que parecía imparable; y de repente, llegó esa crisis a la que ponen nombres con las letras del alfabeto griego. 

Dos años han pasado; el mundo cambió y también cambió la forma de verlo, enfrentarlo y disfrutarlo. De alguna manera reorganizamos las prioridades de la vida; y hoy, damos más valor a la salud, al tiempo, a la familia. Damos más valor a la libertad.

En ese mundo al que llaman desarrollado porque ha alcanzado niveles de bienestar que en el nuestro solo vemos en las alegorías del discurso político o en las películas, millones de seres humanos están renunciando a sus trabajos y buscando nuevas formas de vivir.

La crisis les enseñó que se puede vivir la vida con menos y que el objetivo de vivirla puede estar más allá de las ambiciones materiales. Y también, la crisis abrió opciones y oportunidades. El mercado laboral, como le llaman, lo permite.

Claro, este es un lujo que se pueden dar lo ciudadanos de naciones que ofrecen los servicios y las certezas que permiten escoger.  

Un amigo latino que vive en el norte del continente, en los días más aciagos de la crisis, con miedo a perder su trabajo, tuvo a su mujer enferma de gravedad y no le dieron permiso para cuidarla. Días más tarde, su abuela, quien lo cuidó desde niño, murió cuando se encontró con una de las letras del alfabeto griego; y tampoco le dieron permiso para ir a su funeral.

Este amigo, triste y con su autoestima lastimada, decidió renunciar y buscar una forma diferente de vivir. El país donde vive se lo ofrece, y encontró algo que le gusta y que le permite ser dueño de su tiempo. Gana menos, dice, pero es más feliz. Claro, gana menos, pero le alcanza. Y hoy sus prioridades tienen un orden diferente.

Ejerció su libertad y siguió siendo consecuente con su responsabilidad individual. Confió en su capacidad creativa, tomo el riesgo y no me extraña que, en poco tiempo, además de llevar una vida más satisfactoria, habrá superado hasta sus ingresos anteriores.

El alfabeto griego está dejando lecciones que debemos aprender. En la América Latina, la región del planeta más golpeada y adolorida, tenemos tareas pendientes que se deben resolver. La primera, exigir honor y honradez al Estado; y la segunda, revivir al ciudadano consciente del valor de su libertad.   

Dicen que la madurez la dan los años, pero en realidad es cuestión de información y aprendizaje; y más en el mundo de hoy.

En estos primeros días de 2022 hagamos el compromiso de seguir buscando la fórmula de la vida; pero que tenga los ingredientes para que seamos consecuentes con nuestros valores, para responder a nuestras prioridades. Y veremos que la salud, el tiempo, la familia y la libertad serán esos valores, esas prioridades que enseñan el camino a ese otro escurridizo, abstracto y subjetivo valor al que llaman felicidad.

 

Saving Latin America
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Empresario, sociólogo y comunicador. Doctor en Sociología y Ciencias Políticas. Es Presidente de la Fundación Libertad y Desarrollo y Director General del programa Razón de Estado. 

Empresario, sociólogo y comunicador. Doctor en Sociología y Ciencias Políticas. Es Presidente de la Fundación Libertad y Desarrollo y Director General del programa Razón de Estado. 

29 Nov 2021

¿Qué pueden hacer los pueblos si la política, hoy más que nunca, se ha convertido en un desagüe de trúhanes, tiranos y matones?

 

AMLO (Andrés Manuel López Obrador) en México, el retorno del Kirchnerismo a Argentina, de Evo Morales a Bolivia, la caída del Perú, la dictadura en Nicaragua, lo que viene en Honduras y Chile antes de Navidad, y lo que puede suceder en Colombia y en Brasil en 2022 son la realidad que vive América Latina en el marco de una década de mediocridad política, decaimiento económico y deterioro social; y encima, llega la pandemia.

Ya es hora de que descubramos que América Latina está en llamas y su democracia bajo ataque. Pero las élites no se enteran. Siguen “business as usual” y creen que el derrumbe político regional no les tocará.

La concepción de la política para las responsabilidades de Estado asume que ésta se basa en leyes, honradez, liderazgo, regulaciones técnicas y presupuestos, en un marco constitucional, respetable, respetado, para gobernar por el bien de las naciones.  

Se supone que las políticas públicas que genera esa forma de hacer política se manifiestan en las decisiones y las acciones que toman quienes ostentan el poder político del Estado en beneficio de la gente.

Se suponen muchas cosas que no son y se acumulan promesas que no se cumplen. Con demasiada frecuencia “el bien común” es lo último que importa, no a la política sino a los políticos.  

América Latina tiene graves problemas sociales y económicos, pero nuestro verdadero problema es político. Nuestras desgracias se deben a nuestro subdesarrollo político. No hemos aprendido a gobernarnos ni a escoger políticos que nos gobiernen con honradez y excelencia. Esto no tiene excusa, pero sí tiene explicación, y es que los ciudadanos no hemos logrado construir una cultura societaria fundada en valores, que produzca dirigentes, tecnócratas, estadistas, capaces de gestionar y dirigir la sístole y la diástole de las naciones.  

¿Qué pueden hacer los pueblos si la política, hoy más que nunca, se ha convertido en un desagüe de trúhanes, tiranos y matones?

¿Qué debe hacer la sociedad para motivar a su mejor gente, la más capaz, la más honorable, para que acepte las posiciones en los poderes del Estado?

A través de la historia de la humanidad, es la política la que ha promovido y facilitado el desarrollo de las naciones y el bienestar de su gente; pero también es cierto que cuando la política está en las manos equivocadas, ha destruido países y ha hecho pueblos miserables cuando no prisioneros.

Platón y Aristóteles, 4 siglos antes de la era cristiana, fueron los primeros en estudiar la política como ciencia, como instrumento; como la disciplina que determina la vida de las naciones.

Platón propuso el concepto de La República para ofrecer equilibrio al poder a través de la división de poderes y Aristóteles se consagró al afirmar que la ciencia política es la que define el carácter y la dinámica de las otras ciencias que impactan la vida de los pueblos; y que, por eso, la ciencia política es la más importante.  

Si la política es la ciencia que determina el bienestar de la gente, uno se pregunta, por qué, con tanta frecuencia, en demasiados países, la política está en manos de incapaces y criminales, siempre con la complicidad de los ciudadanos, y siempre ante la indiferencia de las élites.

¿Es ingenuidad, componenda o ignorancia creer que los países mal gobernados pueden salir adelante?

Si la política, en realidad, tiene tal grado de importancia; y de la política dependen el bienestar, la estabilidad y la sobrevivencia de las Repúblicas Democráticas, ¿no cree usted que hacemos muy poco para que la política esté mejor tripulada?

Si tuviéramos que identificar la misión más importante de las actuales generaciones de ciudadanos, ésta sería rescatar los valores en la política y formar una nueva generación de tecnócratas y dirigentes políticos dignos que estén dispuestos a proteger y preservar la democracia republicana y la libertad para América Latina.